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OPERACIÓN CAOS

Para inaugurar el blog, ahora que con Assange y las Pussy Riot han vuelto los fantasmas de la política y las conspiraciones, os dejamos un relato de Juanma sobre la famosa Operación Caos. A muchos seguro que os suena el nombre. 

Habíamos quedado en vernos en el bar de Lou, y allí llego el pobre hombre cabizbajo y con el ala del sombrero goteando, su silueta torcida avanzando hacia mí a contraluz. Pedí dos whiskeys.

El tipo se sentó a mi lado resoplando. Olía a alfombra vieja.

¿Lo ha conseguido, Stuart?

Me llamo Stuart, pero eso no significa que me guste que mis clientes me llamen por mi nombre. Se lo dije. El tipo se excusó, nos trajeron el whisky y le pasé el sobre deslizándolo por la barra. De vuelta agarré el vaso y le pegué un buen trago mientras le observaba pasar las fotos por el rabillo del ojo. El whisky me pasó por la garganta como la gasolina que vomitan los tragafuegos, maldita sea la forma que tengan de hacerlo.

¿Ha visto alguna vez un tragafuegos? –le pregunté.

¿Qué tiene que ver eso con las fotos? –levantó la cabeza de sopetón.

No, es sólo curiosidad. No tiene nada que ver.

El hombre me mantuvo unos segundos la mirada y yo volví a mi vaso y él volvió a sus fotos. Su mujer y otro. Supongo que he tenido tantos casos así que ha dejado de importarme el shock del marido cornudo.

¿Ha tenido usted muchos casos así, detective?

Hágame caso y váyase con alguna amiga esta noche. No vea hoy a su esposa, no merece la pena.

Parece que así es como mejor se pasa, supongo.

¿Tiene un cigarrillo?

Me ofreció buen tabaco. Esta vez pidió él los dos whiskeys. Yo estaba cómodo ahí, Lou tenía justo la marca que a mí me gustaba y el tipo no era tan pesado después de todo. Estuvimos un rato hablando de esto y aquello. Parecía inteligente, me dijo que también estuvo en Vietnam a finales de los 60 y que esos malditos charlies le jodieron bien a todo su escuadrón una tarde de esas que estás tan ocupado limpiándote el sudor que no tienes tiempo para nada más.

Nixon no tuvo huevos –me dijo.

Créame, si había alguien con huevos, ése era Nixon.

Seguro que sabe usted muchas cosas de sus años en el FBI.

No lo crea. Allí también saben cómo esconder su mierda. Son todo despachos, ya me entiende.

Lou giró al cuello desde el otro lado de la barra.

Si sigues con esa mierda de lo de Kennedy, acabarás igual que él, Stuart.

Métete en tus asuntos, Lou.

Apuré mi vaso.

¿Es usted de los que creen que fue una conspiración? –me preguntó el tipo, cuyo tono de voz, sorprendentemente, había pasado a ser susurrante.

¿Leyó usted el informe de la Comisión Warren?

No…

Pues no pierda el tiempo. Es una sarta de mentiras.

Se encogió de hombros.

¿Qué sabe usted de Oswald? –le pregunté.

Yo… no sé si me apetece seguir hablando de eso –tartamudeó calándose el sombrero.

Le diré algo, amigo. Ni Lee Harvey Oswald ni cuatro como él hubieran sido capaces de disparar a esa velocidad y con esa puntería. Pregúnteles a sus amigos si ellos se lo creen.

El cornudo dejó un billete de veinte sobre la mesa y sacó un sobre del bolsillo. Sus honorarios, dijo muy digno, luego se marchó procurando disimular las ganas de desaparecer. Le enseñé el billete a Lou y me trajo otro whisky.

Un almacén de libros, Lou. Venga ya. Que hablen de los mendigos que estaban al lado de la valla. No me jodas.

Eres un enfermo con todas esas conspiraciones. Vas a acabar en un maldito hoyo.

¿Por qué no pones un rato la radio, viejo? Quizá así tengamos un tema para discutir un poco menos incómodo.

Sí, quién sabe. –Lou encendió el trasto y espachurró sus dedos gordos en la ruedecita tratando de sintonizar una emisora. –Puede que hayan tirado una de esas bombas y nos lo estemos perdiendo…

Yo arqueé las cejas y di un trago. Alguien hablaba rápidamente en la radio, voz metálica, acento del norte. Gruñí. Habían matado a alguien. Alguien importante. Joder, en el edificio Dakota. Miré a Lou; Lou me miró a mí.

Han matado a John Lennon –dijo el locutor.

Llegué tan rápido como pude. Coches pitando. Negros apoyados en las esquinas mirando por debajo del sombrero. Esas cosas. Nueva York por la noche, navidad en Nueva York. Medianoche en el precioso culo de América.

El Dakota era un edificio lleno de famosos, y se suponía que era seguro. O todo lo seguro que puede ser cualquier edificio en Nueva York estos días. Había mucha gente allí, periodistas tirando fotos, libretas en mano, curiosos apelotonados y coches oficiales con sirenas azules en el techo. Me habían dicho en la central que Wayne estaba allí. Me abrí paso por entre los curiosos. Ha sido un joven, yo lo he visto, daba miedo, dicen que se quedó sentado leyendo después de matarle. Había un manchurrón de sangre aislado por cinta amarilla, el último resto venerado del dios de la música. Me extrañó que no se organizase una subasta.

Enseñé mi acreditación a uno de los polis y me dejó pasar. No me costó encontrar a Wayne: siempre se las arregla para que todo el mundo ande preguntándole cosas. Le puse la mano en el hombro.

¿Qué coño haces aquí? –se giró hecho una furia.

He venido enseguida.

¿Cómo demonios has hecho para que te dejen pasar, Stuart?

Wayne no era precisamente un tipo amable.

Quiero saber los detalles. Voy a investigar por mi cuenta.

Stuart, por favor. No quiero que te vean aquí –me agarró del hombro y me llevó detrás de un coche. Hizo señas a los que iban con él para que nos dejasen en paz.

Sabes lo que esto significa…

Ni se te ocurra ir por ahí con ese tema, Stuart. Te lo advierto. Es algo que ya pasó.

Sólo dime lo que quiero saber.

¿Qué quieres saber?

Cómo es el asesino. Cómo actuó.

Es joven, sobre los 20 años. Chico blanco, gordito. Lo verás en las noticias.

Un hombre nos miraba desde el umbral de la puerta. Tenía las cuencas de los ojos hundidas y apenas se le veían los ojos. Supe enseguida que era un testigo por cómo estaban dispuestos los policías a su alrededor.

He oído que se puso a leer un libro después de dispararle.

Ya te he contestado. Ahora, lárgate antes de que me cabree.

¿Y quién es ese tío de ahí? ¿Lo ha visto?

Wayne me empujó de su lado y llamó a dos agentes para que me sacaran de la escena del crimen. Supongo que insistí demasiado, pero tenía que probar. Me sacaron lo más aparatosamente que pudieron, los muy hijos de puta. Me di un paseo hasta el metro y me metí por la primera boca que encontré. Hacía mucho frío en la calle y las luces me mareaban.

Estaba pensando en el tragafuegos de antes, en cómo lo harían para esconder la gasolina y luego soltarla. En cómo se puede retener algo así en el cuerpo sin que éste lo advierta, lo rechace, qué se yo, o lo cague. El vagón no paraba de balancearse y me costaba trabajo mantenerme despierto. Un hombre se sentó a mi lado. Me llamó por mi nombre completo.

Usted trabajó para el FBI.

¿Quién es usted? –gruñí.

Me llamo Spangler.

Sacó una cartera del bolsillo y la abrió discretamente. En el distintivo se podía leer “agente especial”. Vestía al modo. Traje negro, sombrero negro, corbata negra. El tío era blanco.

El vagón se detuvo. Olía a mendigo, dos negros discutían a mi derecha, las vías bajo nuestros pies endebles como fideos. Alcé la vista instintivamente para leer el nombre de la estación, ya que no recordaba por dónde iba.

Creo que sería mejor que hablásemos en otro lugar –sugirió Spangler.

Llovía cuando salimos a la calle. Spangler se caló el sombrero y me pidió que le siguiera. Las gotas de lluvia caían a mi alrededor deformando los faros encendidos de los coches, apelotonados frente a los pasos de cebra, ansiosos por avanzar. Pasamos cerca de un par de cafeterías. Demasiada gente, tal vez. Spangler giró a la derecha, cruzó la avenida. Pisé un charco y me mojé el pie por dentro. Al final, entramos en una tienda.

Me encantan las librerías –dijo Spangler sacudiéndose el agua del sombrero.

Me hubiera gustado poder hacer lo mismo con mi calcetín, pensé.

¿Qué puedo hacer por usted?

He visto que ha entrado en la escena del crimen valiéndose de su antigua acreditación. Usted sabe lo que eso significa.

Es uno de los trucos que los detectives privados tenemos que usar para ganarnos la vida.

La tienda parecía una biblioteca. Las paredes habían sido reconvertidas en estanterías. Los libros más importantes estaban dispuestos en mesas grandes, con la portada bien a la vista. Spangler parecía haber estado antes en ese lugar.

En su expediente dice que fue expulsado por argumentar teorías conspiratorias en sus informes.

Puede usted pensar lo que prefiera. Los informes son redactados por personas. Y ya sabe que las personas a veces escriben lo que otros quieren leer.

Un reloj colgado en la pared marcaba las ocho y media. Con todo el jaleo, me había olvidado de las pastillas.

En realidad, estoy interesado en sus informes –continuó Spangler–. Usted hace alusión a una serie de operaciones encubiertas dentro del departamento para espiar y atentar contra estrellas de la música.

Lo llaman Operación Caos –añadí.

Lógicamente, usted sostiene que lo que ha pasado hoy se debe a esto.

Me pregunto cómo ha tenido usted acceso a mis expedientes.

Estábamos casi en una de las esquinas de la tienda. Spangler echó un breve vistazo al estante que tenía a su derecha y sacó un libro. “El Caso de los Ovnis”, de Morris K. Jessup. Un libro bastante significativo.

Y supongo que usted también es de los que creen en los ovnis, ¿verdad?

El FBI te enseña muchas cosas. Una de ellas es desconfiar de la versión oficial, señor Spangler.

Hay muy buenos informes sobre su actuación en el departamento –sonrió. –Pero no consigo ver a qué se debe su obstinación con estos asuntos. Ya sabe, un hombre sensato no insistiría con todas esas cuestiones.

Spangler hablaba ojeando desinteresadamente el libro de los ovnis.

Supongo que cuanto más sabe uno, más necesita saber –dije pensativo.

Me ofreció el libro.

¿Sabe lo que le pasó al autor?1

Tengo mi opinión al respecto. Aunque quizá usted pueda ilustrarme.

Bueno, seguramente estaba pasando una mala racha. De la forma que lo hizo se evitó seguir sufriendo. Te quedas dormido al poco de inhalar el humo.

Sin embargo, no le gustaba dejar a nadie plantado. Y casualmente iba a reunirse con alguien para discutir acerca del Proyecto Filadelfia. Un oceanógrafo, ¿verdad?

Y veo que además es usted bueno en el cuerpo a cuerpo –sonrió –. Me gusta. ¿Qué hay de los expedientes de la Operación Caos?

Miré alrededor en busca de posibles observadores. Normalmente, así es como va la cosa. Te llevan a la boca del lobo y allí te lo sueltan. Y tienes que tragártelo, de lo contrario puedes acabar muerto allí mismo. Hace apenas unas horas habían matado a Lennon, ¿a quién le iba a importar si alguien me disparaba?

No sé de qué está hablando, Spangler.

Vamos. Sólo quiero ayudarle.

Le diré lo mismo que dije en su momento: los expedientes están en un lugar seguro. Saldrán a la luz en caso de que me pase algo a mí o a alguno de los agentes implicados en las operaciones de vigilancia. No hay más que hablar.

Y ahora usted quiere saber qué hay de todo esto en la muerte de Lennon…

Soy investigador.

Y pese a no haber cruzado palabra con él, y pese a saber perfectamente que era un gilipollas, hará lo que sea para tirar de la manta, ¿no es así?

Da usted por sentado que hay algo que no huele bien en el asesinato de Lennon.

Spangler sacó otro libro de un estante correspondiente a la letra “S”. El Guardián entre el Centeno, de J.D Salinger.

¿Qué sabe de este libro?

Todo el mundo lo conoce.

¿Sabe lo de su autor?

Sí. Un tipo raro, ese Salinger.

No creo que sean ustedes muy distintos el uno del otro.

Claro.

Nos dirigíamos hacia la caja. No había cola. Puse los dos libros y le di al chico un billete de veinte. Spangler aguardó en silencio a mi lado hasta que me dio la vuelta y volvimos a la calle. Ya no llovía. Spangler no parecía querer llevarme a ninguna parte, sólo pasear. Hablaba sin mirarme directamente, como si me estuviera mostrando la ciudad.

El libro es sobre un muchacho que juega a ser mayor, y descubre que la vida no es de color de rosa, sino algo miserable y ruin. Su sueño es proteger a los niños de correr su suerte. Corren por un campo de centeno y no son lo suficientemente altos para advertir el precipicio que lo rodea. Él vigila que no se caigan; una especie de espantapájaros.

Bonita metáfora.

Debería leerlo.

Lo haré.

Spangler giró a la izquierda. Olía a perritos calientes en la tienda de la esquina. Estuve atento al vendedor. Creo que me observaba, pero no parecía armado.

¿Sabe otra cosa sobre el libro?

Dispare –sonreí.

No sabe hasta qué punto ha acertado con sus palabras. Resulta que era el libro de cabecera de Lee Harvey Oswald.

Le dije que eso ya lo sabía. El semáforo se puso en verde y cruzamos la calle.

¿Y sabía usted que también es el libro de cabecera del chico que se ha cargado a Lennon esta tarde?

Sonó un frenazo a mi derecha y me giré justo a tiempo para saltar un poco y aterrizar en el capó de un taxi. El tipo salió dispuesto a partirme la cara, se formó un barullo. Decía que estaba loco. Gritaba mucho. Lo puse fuera de combate con dos puñetazos. Reconozco que tuve miedo de que me atacase con un arma. Luego me acordé de Spangler. Pero había desaparecido. Todo lo que quedaba eran una bolsa y dos libros desperdigados por el paso de peatones.

Al poco, vino la policía y tuve que pasar la noche a la sombra.

No llamé a Wayne. Hubiera sido demasiado arriesgado, y seguramente eso es lo que querían que hiciera. Así que simplemente, esperé a que me soltaran. Me devolvieron mis pertenencias: dos libros, una cartera con ochenta dólares en billetes de veinte y un frasco de pastillas. Faltaban cuarenta dólares en la cartera y el frasco estaba vacío.

Cogí un taxi al salir.

Al Dakota –le dije.

Últimamente todos van al Dakota –dijo un negro con acento de Mississippi.

Ojeé el libro durante el viaje. No podía quitarme de la cabeza a Spangler. Era obvio que pretendía utilizarme, pero el motivo se me escapaba por completo. Hubo un pasaje que me llamó la atención:

La verdad es que se le notaba que le daba lástima suspenderme, así que me puse a hablar como un descosido. Le dije que yo era un imbécil, que en su lugar habría hecho lo mismo, y que muy poca gente se daba cuenta de lo difícil que es ser profesor. En fin, el rollo habitual. Las tonterías de siempre.

Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.”

El taxi paró. El edificio Dakota. Le pagué con uno de veinte y me dirigí a la entrada. Curiosos por aquí y por allá, el escenario del crimen protegido por cinta amarilla. En la entrada, un rostro familiar. Saqué mi acreditación y lo llamé.

Me han prohibido hablar con la prensa –advirtió a modo de saludo.

–Soy agente federal. Adjunto al agente Wayne; si no me equivoco fue quien le interrogó…

El tipo acercó dos ojos cadavéricos a mi acreditación. La examinó.

¿Qué quiere saber?

El asesino…

Un pobre loco. Ahí tiene su foto en todas las televisiones. Por lo visto es un chaval, casi ni pasa de los veinte y ya tiene la vida arruinada.

¿Cómo actuó en los momentos posteriores al asesinato?

El hombre suspiró.

Parece que eso es lo único que le interesa a todo el mundo.

Al final conseguí ablandarle. Por lo visto, era el portero del inmueble. El chico se había acercado a Lennon a pedirle un autógrafo, éste se había negado y lo siguiente había sido el disparo. Luego el chico se sienta y espera a la poli leyendo un libro, tan tranquilo. El portero se le acerca, le pregunta si sabe lo que acaba de hacer, y el chico responde, “claro: acabo de matar a John Lennon”.

Dicen que estuvo hace poco en un psiquiátrico –se quejaba el portero.

El libro que estaba leyendo… ¿era este por casualidad?

Le enseñé el ejemplar de “El Guardián” que había comprado con Spangler.

Sí, ese maldito libro –señaló hacia un poyete en el césped de la entrada –. Se sentó ahí y se puso a leer tranquilamente.

¿Sabe si iba acompañado?

El chico llevaba un buen rato ahí plantado. Iba solo. Ese es el caso. Que era un chico solitario, ¿comprende?

¿Nadie que se le acercase?

Ya se lo dije al agente Wayne. El chico lo estaba esperando. Yo no sé nada más.

Terminamos la conversación con un intercambio de opiniones sobre los saqueos durante el apagón hace ya varios meses. Me contó que él iba por Wall Street, y que la gente quería meterse y robarles a todos esos malditos peces gordos. Pero robar acciones no es tan sencillo. Uno no llega y las mete en un saco.

Examiné el poyete donde se había sentado a leer el asesino. Había un trozo de papel arrugado sobresaliendo entre dos briznas verdes de césped. Lo extendí. Un montón de números sin sentido, pero lo interesante era que el papel había sido arrancado. En la esquina inferior derecha había un número de página. Saqué mi ejemplar de “El Guardián” y lo abrí por la página 11.

Coincidía.

Me senté en el poyete a leer.

La verdad es que se le notaba que le daba lástima suspenderme, así que me puse a hablar como un descosido. Le dije que yo era un imbécil, que en su lugar habría hecho lo mismo, y que muy poca gente se daba cuenta de lo difícil que es ser profesor. En fin, el rollo habitual. Las tonterías de siempre.

Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.”

¿Vas a quedarte ahí pasmado todo el rato?

Lou estaba apoyado contra la barra y me miraba con cara de que le debiera dinero. Mi vaso estaba lleno; aún no lo había tocado.

¿Qué coño te pasa, Stuart?

Gruñí algo.

No lo sé, Lou.

Me di cuenta de que tenía las manos frías. No podía sentir las yemas de los dedos. Instintivamente, las metí en los bolsillos y me froté los muslos.

¿Qué hora es?

Voy a cerrar ya, Stuart.

Joder.

Apuré mi vaso de un solo trago y despegué el culo del taburete. Estaba caliente, el hijoputa. El taburete, quiero decir.

¿Y lo de Lennon? ¿Descubriste algo? –preguntó Lou.

Quizás.

Palpé un trozo de papel arrugado en mi bolsillo. Lo que decía no tenía ningún sentido, al menos en apariencia: 2-33, 3-18, 7-23, 1-18, 1-1, 6-1, 11-5, 11-5, 5-2, 8-4.

Al menos, en apariencia.

Ni siquiera desayuné a la mañana siguiente. Me vestí, me peiné un poco frente al espejo y salí a la calle envuelto en mi gabardina. El maldito frío de Nueva York te sopla en la nuca, te agarra de los pies. Un trago lo habría puesto a raya, pensé.

Pasé al lado de una farmacia. No entré. Tenía prisa. Cogí un taxi.

Al Federal Plaza. Número 22.

¿Esa no es la sede del FBI?

Precisamente.

Esta vez el taxista no era negro.

Una de las cosas que siempre me han sacado de quicio del puto 22 del Federal Plaza es que nunca está el mismo agente en los controles de entrada. Como de costumbre, tuve que recurrir a mi vieja treta.

Avise al agente Wayne Burton.

Una llamada. El chico asiente. Entiendo, dice. Me mira de reojo, le dice que un tal Stuart Law ha venido a hablar con él. Hace una mueca. Me pide que espere.

Siéntese ahí –me señaló un asiento colocado en el lugar justo para no estar cerca de nadie. No distraer, esa es la norma.

Me senté a esperar a Wayne. La gente me miraba, hombres todos del Bureau muy serios y circunspectos. La mayoría no daban una mierda por hacer justicia, se conformaban con tener dinero, una placa, follar, un hogar donde discutir y cagar a gusto. En ese sentido siempre he admirado a Wayne. Wayne les daba mil patadas a todos esos vendidos. Tenía principios. Wayne y yo fuimos compañeros. Éramos buenos, eficientes. Hacer bien tu trabajo no es fácil. Wayne y yo escuchábamos un pedo y sabíamos distinguir si era de Lennon o de Yoko Ono. Wayne y yo vigilamos a John Lennon durante dos años y tres meses.

Wayne apareció desde un ascensor, habló con el tipo del control de acceso, me hizo una señal.

Has venido muy pronto. Sube a mi despacho.

Claro.

¿Qué sabes de Mark David Chapman, Stuart?

Un café a medio beber, una máquina de escribir reluciente, la foto de rigor en el marco de rigor. Marta, el pequeño Wayne y el gran Wayne. Una bonita casa de fondo.

Sé algunas cosas. Por eso mismo he venido.

Wayne me miró con los ojos entornados. Esperaba mis noticias.

Si tienes el libro y lo abres por la página 11, verás que le falta un trozo de papel. –dije confiado sacando el trozo de papel. -Encontré esto en el Dakota, cerca de donde el chico se sentó tras matar a Lennon.

Puse el papel arrugado sobre la mesa. Wayne lo miró durante un rato.

Y supongo que ahora viene la parte donde me dices que es el nombre encriptado de Lennon.

Está más que claro. No hay más que fijarse que el número de enlaces es el mismo que el número de letras del nombre. Y el 11-5 se repite dos veces justo en la posición donde se repiten los dos enes de su nombre.

Wayne metió el trozo de papel en un cajón.

Stuart, ya habíamos hablado de esto –suspiró mientras cerraba el cajón. –Me encargo del caso. Mi posición en el departamento exige que valore con prudencia este tipo de cosas.

Tu posición en el departamento se debe a lo que callas, no a lo que “valoras con prudencia” –respondí.

Wayne se llevó un dedo a los labios.

De todas formas, no estás aquí por esto. Te he llamado porque quiero que seas tú quien me diga cosas sobre Chapman.

¿Qué te diga cosas sobre Chapman?

Hawai.

¿De qué va esto, Wayne?

Dímelo tú. Hemos investigado a Chapman, y sabemos que estuvo internado en un psiquiátrico en Hawai durante 1978.

¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Esperaba que tú me lo dijeras.

Cogí un trozo de papel y garabateé algo. Se lo mostré a Wayne. Me miró con gravedad y asintió con la cabeza, señalando bajo la mesa.

¿Recuerdas dónde estuviste en 1978, Stuart?

Fue cuando dejé el FBI. Tú lo sabes. Tú sabes por qué.

¿Puedes decirme qué hiciste al dejar el trabajo, Stuart?

Ahora que sabía que había micrófonos en el despacho, tenía que tener cuidado de lo que hablaba con Wayne. Especialmente en lo tocante a los expedientes. Me estaba empezando a doler la cabeza.

Creo que sería mejor hablar de esto en otro momento –dije.

Stuart, sabes que te aprecio. Pero necesito que colabores conmigo. Sólo quiero información sobre Chapman.

Me levanté y abrí la puerta de golpe.

¡A la mierda Chapman! –grité.

Wayne salió detrás de mí. Me pedía que esperase, pero me dolía demasiado la cabeza. Quería largarme de allí. Había despreciado mi pista. Salí de su despacho convencido de que le habían sorbido el seso. Hombres enchaquetados frunciendo el ceño a mi alrededor, haciendo fotocopias, llevando informes, callando cosas que leen cuando miran los informes sin que nadie se dé cuenta. Es tan fácil a veces caer en la tentación.

¡Stuart!

Noté que me sujetaba por el hombro.

¡A la mierda Chapman, a la mierda Lennon, y Hendrix, y Morrison y Oswald y a la mierda tú, Wayne! –me lo quité de encima con un empujón. Cayó al suelo delante de un grupo de burócratas con placa. Tenía la boca seca. Necesitaba ir al baño. Necesitaba beber algo. Me dolía la cabeza.

Me mojé la nuca lentamente con agua fría. Eso me calmaba el dolor. El rumor del agua desapareciendo por el desagüe.

No debería cometer este tipo de indiscreciones, señor Law –dijo una voz familiar. Miré al espejo frente a mí.

Reconocí el semblante de Spangler. Sonreía con benevolencia.

Si me acompaña a mi despacho, le pondré al corriente de la situación.

Le seguí.

Me dejó entrar primero. No era un despacho grande, pero estaba decorado con estilo. Acabados en madera en las paredes, del mismo color y seguramente material que la mesa y el resto de muebles. Me senté en un sillón tapizado en cuero. Hacía bastante calor, así que me quité la chaqueta.

Me gusta su despacho, señor Spangler. Es acogedor.

Se acercó a un elegante armario y sacó una botella de Bourbon y dos vasos. Me ofreció uno. Lo cogí con gusto y lo vacié de un golpe.

No suelo tener estos detalles de cortesía con todo el mundo, señor Law. Imagino que sabrá usted apreciarlo.

Siempre es más agradable hablar en un lugar acogedor. Y creo que eso es precisamente lo que pretende.

¿Hablar?

Hacerme hablar.

¿Es que no baja la guardia nunca?

Apenas.

Spangler se sentó. No había fotos familiares en su escritorio. Un tipo así no debía de ser muy dado a nada que no fueran los secretos de estado.

Iré al grano para no incomodarle. Ambos sabemos que usted dejó el FBI hace un tiempo debido a asuntos relacionados con la desaparición de unos expedientes sobre ciertas operaciones de vigilancia.

Correcto.

También lo es que usted se niega a devolver esos expedientes al FBI escudándose en que, legalmente, esos expedientes no existen.

Hay veces en las que los seguros de vida convencionales no garantizan tu seguridad. Uno hace lo que puede para seguir vivo. Pero eso ya lo sabe.

¿Fuma?

Le acepté un cigarrillo. Me pasó un encendedor y mientras aspiraba el humo denso me llenó el vaso.

Exhalé.

Si quiere pedirme que devuelva los expedientes, la respuesta es no.

Verá, el caso es que usted ni siquiera tiene esos expedientes, señor Law. Pero eso, y permítame que le robe la muletilla, ya lo sabe usted.

Todo lo que hice fue permanecer delante de Spangler sosteniendo el cigarrillo. Estuve a punto de dejarlo caer, incluso de salir del despacho, o de agarrarlo del cuello. Era cierto, yo no tenía los expedientes. ¿Cómo lo había descubierto?

No sé por qué sigue usted confiando en el agente Burton. Hace tiempo que nos devolvió los expedientes. Usted se cree más importante de lo que es en realidad.

Eso es una majadería -gruñí.

El agente Burton siempre negó estar involucrado en el robo de los expedientes. Pero tiene una familia, ¿no es cierto? O si no, dígame por qué entonces él tiene un bonito despacho y usted se muere de asco haciendo fotos a mujeres que engañan a sus maridos en moteles de carretera.

Apuré mi vaso. El whisky no quemaba tanto como sus palabras.

Sigo sin saber qué quiere, Spangler.

Sé lo que han hablado ahí dentro. Y para su información, la sensibilidad de los micrófonos bajo el escritorio de su amigo es suficiente para detectar hasta el deslizar de un lápiz sobre papel.

Entonces sabrá que Wayne pretende conectarme con ese tal Chapman.

¿Ha averiguado entonces algo sobre el libro?

Creo que es la llave para desencriptar mensajes cifrados.

¿Qué más ha averiguado?

En resumen, que la Operación Caos nunca se cerró.

Spangler se inclinó sobre su escritorio y me miró desafiante.

¿Y qué sabe usted de eso?

Sé que espiaron a Hendrix y a Morrison. Sé que pagaron a un matón para que le metiera la cabeza dentro de un barril de vino. El agente Burton y yo vigilamos a Lennon. Recibimos órdenes de contaminar su suministro de agua con alucinógenos en varias ocasiones. ¿Quiere que siga o le vale?

Spangler me llenó el vaso.

Y eso no es más que la punta del iceberg… -dijo fingiendo indiferencia.

Lo sabrá usted mejor que yo.

Entonces, usted pretende decirle a los americanos que estamos matando a sus ídolos, ¿es eso cierto? ¿O su interés por esto se debe a la mera curiosidad?

¿Y usted? ¿Qué pretende conmigo?

Verá, si se acuerda de la última vez que nos vimos, le hablé de aquel libro en el que el chico era una especie de guardián. Yo soy algo parecido. Yo protejo a los inocentes para que no caigan al precipicio.

Spangler dejó un sobre encima de su escritorio.

Pero hay algunos que se empeñan en avanzar. Ya sabe. Al final, acaban sabiendo. Puedes deshacerte de uno, dos, tres. Pero al final, lo mejor es tenerlos de tu lado. Y eso es lo que pretendo, señor Law. Que sea mi amigo.

Cogí el sobre. Lo abrí. Leí lo que decía. Guardé el papel.

Bébase su copa antes de irse, señor Law.

Lo hice. Me levanté.

¿Ya sabe lo que tiene que hacer?

Asentí.

Spangler me miraba desde el fondo de la habitación, las manos calmadas sobre la mesa. Sonreía.

Me alegro de que por fin seamos amigos.

Entré al bar de Lou arrastrando los pies. Mantuve la vista pegada al suelo hasta que di con un taburete, mi taburete. Dejé el libro sobre la barra. Me senté y pedí un vaso. Whisky, como siempre. Lou no quería venir. Lou, ponme una, le dije. Lou seguía en su sitio. Alguien abrió la puerta.

Stuart, por el amor de Dios…

Lou, sólo estoy pidiendo un maldito whisky. No hagas que me enfade.

Se acercó titubeando y me puso un vaso lleno.

No te alejes –avisé.

Bebí.

Otro.

Stuart…

Me lo puso. Bebí. Pedí otro. Así estuvimos un rato.

¿Es que no hay nadie aquí hoy, Lou?

El bar estaba vacío. No estaba vacío cuando entré.

Stuart, te lo ruego. Déjalo. Te juro que no diré que has estado aquí.

Claro. Lléname el vaso, anda.

Escuché el suave brotar del whisky en mi vaso. Saqué el papel del bolsillo y lo dejé encima del libro.

¿Sabes algo de criptografía, Lou?

Sonaron sirenas en la puerta. Una luz roja parpadeando colándose por la ventana. Era la poli.

Te juro que yo no les he llamado, Stuart.

Hasta ese momento no me había visto las manos. Estaban manchadas de sangre. Ahora lo vi. También la gabardina, mi cara. Me levanté asustado del taburete.

¿Qué ha pasado Lou?

Había una pistola apoyada en la barra, cerca del libro. Lou la cogió en cuanto me alejé. La puso bajo la barra. La policía entró. Me ordenaron que me pusiera en el suelo de rodillas. Yo no entendía nada; obedecí mecánicamente. El bar se llenó de hombres con chaquetas grises. Me pusieron unas esposas y me metieron en un coche a empellones. Me dijeron que me iban a encerrar en una sala mientras me pateaban en un cuartucho. Yo preguntaba qué había pasado. Todavía nadie me ha respondido.

Eso es todo lo que recuerdo.

DOCUMENTO ANEXO: Caso: Asesinato del agente Burton. Extracto del informe sobre el sujeto Stuart Law.

Clasificación: Confidencial 1-A.

Stuart Law, 34 años. Se le declaró incapacitado para trabajar en el FBI a raíz de varios incidentes que resultaron ser la antesala de graves episodios de paranoia y esquizofrenia. Se dispuso su internamiento en una institución mental en Hawai en 1978 para su tratamiento por haber pertenecido al FBI. Sobre el tratamiento llevado a cabo, me encuentro aún a la espera de información detallada.

Una vez recuperado se establece como detective, sobreviviendo no obstante gracias a su pensión por invalidez.

Propenso al alcoholismo, frecuentó durante varios meses el local donde hace dos días se produjo su arresto. El propietario, de nombre Lou Francis, lo describe como un bebedor compulsivo y asegura que llevaba días comportándose de forma extraña. Entre los objetos personales confiscados durante su detención, el arma del crimen, un frasco de pastillas vacío y una cartera con 40 dólares y varias identificaciones falsas, incluyendo su antigua credencial del FBI. El agente Pendell, encargado de la seguridad de la sede en Nueva York, ha corroborado que fue con ese documento con el que trató de colarse en el edificio. Preguntado al respecto, el camarero dice no saber nada de un supuesto libro y de un papel que el detenido dice haber llevado consigo en el momento de la detención.

En cuanto a la medicación hallada en su bolsillo, los especialistas médicos aseguran que se trata de fármacos destinados al tratamiento de la esquizofrenia. Consultado su médico de cabecera, éste confirma que el sujeto debía de haber acudido a por su medicación hacía ya una semana. Al respecto, cabe mencionar su detención horas antes del homicidio por un incidente con un conductor que decía haber estado a punto de atropellarle tras cruzar un semáforo en rojo. Pasó la noche detenido y existe informe policial al respecto.

Numerosos testigos dan fe de sus prolongados enfrentamientos con el agente Burton, entre los que destacan su intromisión en la escena del crimen del Caso Lennon y un ataque en su propio despacho horas antes del asesinato. Todo apunta a que estaba obsesionado con él, seguramente por considerarle culpable por su expulsión del cuerpo.

Me gustaría remarcar que los testimonios de los empleados del FBI que estuvieron presentes durante el altercado en el despacho de Burton niegan tajantemente haberle visto en compañía de nadie que no fuera el propio Burton.

En referencia al testimonio de la esposa del fallecido, según ésta, su marido acudió a abrir la puerta y Law disparó tres veces. Luego entró en su cuarto y les pidió que abrieran la caja fuerte. Se llevó unos documentos y rechazó el dinero. Este punto me parece especialmente relevante, ya que tras el registro de su domicilio, no se encontró rastro alguno de dichos documentos, que permanecen desaparecidos hasta el momento.

Espero órdenes al respecto.

Agente T. Spangler.

1 Morris Ketchum Jessup (2 de marzo de 1900 – 29 de abril de 1959), aunque fue durante la mayor parte de su vida un automovilista, fotógrafo vendedor en tiendas, Jessup será recordado por sus investigaciones de OVNI y su supuesta participación en el Experimento Filadelfia. Se suicidó en 1959, envenenado por los gases de escape de su vehículo.

La misteriosa muerte de Jessup ha sido tema de muchas especulaciones. Algunos amigos suyos dijeron que Jessup no era el tipo de persona que se suicida. Otros han sugerido que fue asesinado porque se negó a dejar las investigaciones sobre el enigma de los OVNIS. También se dijo que algo tuvieron que ver los hombres de negro. Sin embargo, otros amigos dijeron que Jessup estaba deprimido a causa de problemas personales, y que había anunciado su suicidio a un íntimo amigo suyo.

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